martes, 28 de mayo de 2013

I Campamento de Equitación Linares Horses. Verano 2013

El próximo martes 25 de Junio va a dar comienzo el I Campamento de Verano en la Escuela de Equitación Los Linares. Finalizará el viernes 28 de Junio. Está dirigido a niños/niñas de entre cinco y diez años.
Erase un niño que se lanzaba a la aventura. Desde Estados Unidos el viento ha arrastrado hasta nuestra Granja la voz del poeta norteamericano Walt Whitman, para que nuestros niños sean eso, niños que miren con asombro, piedad, amor o temor, lo que les rodea y así se obre el prodigio y puedan convertirse en ello . Cuatro intensos días, cuatro largas jornadas de verano en los que ser luz, palabras, juegos... en los que la Naturaleza se haga parte de ellos.

Los niños llegarán a nuestro centro cada día a las 10 de la mañana y cinco monitores /monitoras trataremos de ser esa pequeña fuerza, ese pequeño aliento, ese leve empujón que los lance a la aventura: la aventura de ser poeta que sueña aún cuando no sabe cantar, la aventura de mirar frente a frente a un caballo, la aventura de conquistar a un animal que huye de nosostros.. La mañana estará dedicada por completo a actividades relacionadas con los caballos. Nuestro objetivo va a ser que disfruten de su compañía tanto que lleguen a amarlos como nosotros lo hacemos. Aprenderán a acercarse a ellos con seguridad, a ponerles la cabezada y llevarlos del ramal. Conocerán su anatomía, alimentación y cuidados. Y todos los días experimentarán la emoción de subirse en uno de ellos, para que, alzados del suelo, el mundo se dibuje ante ellos desde otra perspectiva.

Sobre la 1.30 nos dirigiremos al Centro de Día de Casas de Reina (a unos doscientos metros) donde una empresa la localidad nos ofrecerá la comida.

A partir de las 2.30 llegará la voz que, este verano, trazará para nosotros todos los caminos: Walt Whitman. Sus ecos nos llegan a través de los labios de una misteriosa norteamericana que se aparecerá entre nosotros, vestida con extraños ropajes: ¿quién es? ¿ha viajado a través del tiempo? ¿qué quiere de nosotros? ¿de dónde procede? ¿de un cuadro? ¿de un libro? Estos serán algunos de los misterios que nuestros niños tendrán que resolver para poder ayudarle a regresar a su hogar, para ello, además, tendrán que aprender a amar las palabras del poeta, que les lleguerán en inglés, pero que, con sus oídos bien abiertos, les atraparán porque no podrán dejarles de sonar claras, verdaderas y hermosas .

Podrán recoger a los niñ@s la 5.30 de la tarde.

A nosotras, Yolanda Millán y Sandra Acedo, empeñadas en que descubráis y compartáis toda la magia y la verdad de nuestra granja, se unirán en este campamento los monitores/monitoras :
Francisco José Penis Izquierdo, monitor de equitación y jinete profesional. El dedicará las mañanas a iniciarlos en la equitación.
Lorena Gutiérrez García, bióloga, máster en Educación Ambiental y amante de los caballos. Ha ejercido de voluntaria en la Asociación de Zooterapia de Extremadura en tratamientos de hipoterapia. Ella ayudará a nuestro monitor de equitación.
Isabel Ugarte, con amplia experiencia dando clases de Inglés a los niños. Es norteamericana, y será la que nos ayude a trasladarlos a la Norteamérica del XIX.

Esperamos y deseamos transmitirles a vuestros niños y niñas el amor por la Naturaleza, la Poesía y los Caballos, para que sean intensamente lo que son, y nosotros junto a ellos: luz, alegría e ímpetu; niños; pero niños que, como poetas, sueñan.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Carta a los docentes

Queridos docentes:
Si por nosotros fuera , las personas que, día a día, ponemos toda nuestra ilusión en descubrir todo lo que hace que esta
nuestra granja sea una escuela, encabezaríamos esta carta con un
“Erase una vez…”
o, tal vez, con un:   
“¡Bienvenidos al tiempo y al lugar donde todo empezó…!”
              o con un:    “Como ya decían nuestros abuelos…”                                  
  o quizás con aquello de: “¡Bienvenidos al espectáculo más bello del mundo!”
 
 R
esulta difícil encontrar las palabras precisas que puedan descuajar la Literatura, la Historia, la Tradición y el Conocimiento, el Saber y la Ciencia, la Belleza y el Arte de la palabra GRANJA.
 

 
Tal vez, ya que de divertirse se trata, podríamos intentar jugar con sus letras y proponeros:

             G de Germinar, porque en nuestra granja los niños pueden palpar la vida en nuestro huerto y con nuestros animales. 
R de Recorrer, porque son muchos los caminos que se abren desde nuestra granja y que llevarán a los niños a explorar rutas que nos hablan de tiempos pasados,
de Historia y de Arte (ruta hacia las ruinas romanas de Regina Turdulorum),
 
que cuentan historias de supervivencia (ruta de las Bujardas)
 
o que hacen que, de pronto, el medio salte de un libro y se nos muestre ante nosotros (ruta por la Campiña).
                      A  de Adivinar, de aprender a ver, a mirar, a intuir todo lo que cambia y todo lo que el cambio genera y transforma (Actividades estacionales: recogida de aceitunas, preparación del compost, ciclo de los alimentos, ciclo del agua…)

                                                      N de
Narrar, de aprender las palabras que vienen rodando desde el pueblo cargadas de tradiciones, leyendas, fiestas, misterio…

                           J  de
Jugar, de jugar a ser otros, a ser romanos, a ser campesinos de  principios del siglo XX,  a ser exploradores, a ser actores sobre las tablas de un teatro del siglo I d. C, a ser un rebaño que ha de permanecer muy junto…

A  de Asombrarse, al sentirse rodeado de magia y sabiduría, al comprobar que los agricultores son capaces de solucionar, de una manera práctica, problemas de física y química sin necesidad de un laboratorio, al observar el comportamiento de los animales, su capacidad de adaptación y de supervivencia, y al constatar que no hay biblioteca, ni museo que pueda encerrar tantas cosas y tantos conocimientos como los que atesora la Naturaleza en tan sólo unos metros cuadrados.

Ya sabemos, seguramente hayamos fracasado y no hayamos conseguido que las letras sean espacio ni notas que liberen el tiempo. Pero lo que sí podemos asegurarte es que si nos visitáis, aquí, en nuestra granja, el prodigio de reflejar la Historia y la Tradición en la vida, de asomarse al borde de la Ciencia en lo que germina y respira, de ver estallar la Cultura y el Arte en lo que aparentemente duerme, debe y puede realizarse, convocado por la curiosidad de los niños, de vuestros niños, que libertarán seres, nubes, aguas y sombras, pero sobre todo risas.
Os esperamos, para continuar con éste y con otros mil juegos, para buscar entre todos las palabras precisas.
Os esperamos,  como un árbol espera su primavera, porque sin vosotros, nada es posible.
              
Gracias.   Atentamente:

Granja Los Linares.


sábado, 26 de mayo de 2012

HABITANTES DE LA GRANJA: LA OVEJA MERINA

GRANJA ESCUELA LOS LINARES.

LA OVEJA MERINA
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Granja Los Linares es una explotación real y activa, que basa su actividad en la producción de cordero merino.
Son algo más de 400 ovejas de raza MERINA, pertenecientes a la Indicación Geográfica Protegida CORDEREX, (Cordero de Extremadura), que ampara y protege las canales de corderos nacidos en la Dehesa Extremeña, y que han cumplido excrupulosamente todos y cada uno de los requisitos que fijan en su reglamento.
La Raza Merina es autóctona de nuestra tierra, conocida y explotada desde tiempos remotos. Posee un pelaje largo, fino y rizado, en color blanco o negro, y cuernos en espiral sólamente en los machos como rareza. Se trata de una oveja muy rústica, compacta, con una gran capacidad de adaptación a medios diferentes, lo que hizo que a finales del siglo XVIII se exportara a los cinco continentes.
                                                            
Raza muy apreciada por su lana desde sus orígenes, es a partir de los años 50 del pasado siglo XX cuando comienza a cobrar importancia por su producción de carnes de muy alta calidad, con un alto porcentaje en ácidos grasos poliinsaturados muy beneficiosos para la salud.
La raza merina juega un papel importantísimo en el mantenimiento de la Dehesa Extremeña, fertilizando el suelo y mejorando la calidad de los pastos que servirán de alimento a los reproductores.








jueves, 26 de abril de 2012

      La niña Candela piensa que el burro Platero está hecho para ser acariciado, por eso, cada vez que puede, deja sus dedos olvidados entre el suave algodón de Platero, mientras sus ojos cantan al sol o callan al frío, esperando que su mano pueda encerrar sus cosquillas suaves. Un día en que sus dedos escarbaban, curiosos, la suavidad de Platero, como picotean el suelo las gallinas, la niña Candela se clavó un espino, escondido entre el pelaje del burro, como gusanito entre las piedras. Su dedo comenzó a sangrar. La niña Candela corrió a refugiarse en los brazos de su madre.
    Quedó Platero solo y triste: él nunca querría haberle hecho daño a la niña Candela. Sin saber qué hacer, comenzó a deambular, nervioso, de un lado a otro esperando que la niña regresara. Cabizbajo, se fijó en una nube que se reflejaba en el agua del abrevadero y deseó con todas sus fuerzas ser tan suave, blandito e inofensivo como aquella nube. Se acercó al abrevadero y al beber se dio cuenta de que en el espejo del agua ya no se reflejaba la nube sino su cara. Contento pensó, porque, aunque hay quien dice que no, los burros piensan, que se había bebido la nube. Pensó de nuevo; porque, aunque hay quienes lo dudan, los burros reflexionan sobre lo ya pensado para llegar a una conclusión, y nuestro Platero no iba a ser menos burro que otro cualquiera;  y concluyó que a partir de ese momento, y por haberse tragado una, su cuerpo sería una nube y que sólo tendría la cabeza, las patas y la cola de burro; y sonrió feliz, enseñando todos sus grandes dientes, adivinando la alegría y la sorpresa que se llevaría la niña Candela al verlo. Pero la niña Candela no volvió esa tarde al establo, ni vino a darle las buenas noches tampoco.
El burro Platero no quiso echarse en su cama de paja por miedo a ensuciar su nuevo cuerpo blanco de nube antes de que la niña Candela lo viera por primera vez. De pie, se quedó dormido y soñó, una y otra vez, que la niña Candela volvía. Pero como no estaba muy cómodo se despertaba. Y veía que la niña no estaba, una y otra vez: ¿cómo se puede vaciar así un corazón encerrado en una nube? ¿cómo puede llover así por dentro?
Poco a poco, y por el poco dormir y el mucho pensar, su tristeza se fue tornando en enfado. Y le dio por pensar, porque hasta los burros piensan mal cuando están enfadados, que si la niña Candela volvía y acariciaba una y otra vez su cuerpo de nube, éste se desharía todo en lluvia y aparecería de nuevo su antiguo cuerpo lleno de peligrosos pinchos y lacerantes caracolillos.
Por eso, a la mañana siguiente, cuando vio acercarse por el sendero a la niña Candela que, aunque con el dedo vendado, le traía el desayuno como todos los días, Platero se escondió detrás de una montaña de alpacas. Desde ese día Platero no dejó que nadie se acercara a él, ni lo acariciase, ni siquiera la niña Candela.
Poco a poco, su corazón se fue volviendo más y más frío y siempre andaba enfadado y de mal humor. Pendiente todo el día de que nadie rozase su cuerpo-nube, ya apenas dormía por miedo de que el gato Fígaro se subiera a su lomo para dormir calentito en las noches frías. O de que Calíope buscara refugio entre sus patas al despertar de un mal sueño. Tampoco había vuelto a asomarse a las aguas del abrevadero por temor a que éstas le reclamasen su nube, y bebía siempre del cubo de agua de Cuscús. Pero una noche, sin darse  cuenta, se bebió un cubo de agua con estrellas. Se durmió mientras el agua cálida de luz de estrellas se precipitaba por su cuerpo-nube, deshaciéndolo, a la vez que se iluminaba todo. Sobresaltado se despertó y vio que no era el agua de estrellas la que había dado calor a su cuerpo-nube, sino las manos de la niña Candela que, aprovechando que al fin dormía, le acariciaban, una y otra vez, derritiendo el frío hielo en el que se había convertido su corazón. Sus negros ojos de azabache se humedecieron, como si fueran ojos-nubes, recordando todo el amor y todo el cariño de la niña Candela que ahora recuperaba por sus manos. Y entendió, porque, aunque habrá quien dirá que los burros no entienden, no es así, que son las manos las que recuerdan, a través del tacto que se despierta con las caricias.
 La niña Candela se miró en los espejos de cristal negro del burro Platero, que ya no eran tan duros, mientras que con sus dedos le apartaba el pelo de su crin y susurraba: ¡Platero, tienes estrellas en la frente!  (S. Acedo).

martes, 24 de abril de 2012


Hace muchas, muchas noches… bueno, tal vez no tantas, tal vez hace cinco, seis, siete o diez se encontraba nuestro espantapájaros aquí donde lo veis ahora, en su alcazaba, en su atalaya, en su castillo, es decir en las doradas y olorosas tierras del muy afamado y feraz huerto, del no muy lejano, pero no por ello menos glorioso, reino de Linareslandia, alerta, vigilante, a pesar de que ya habían florecido las silenciosas estrellas sobre su cabeza.

En la noche serena, clara, oye a lo lejos un incesante pasar de parlantes silbidos: son los patos, que viajan arrullados por la calma oscura. Pero sabe, que van más lejos, en busca de una charca sobre la que descansar, que aquí no se detendrán.

Es una noche como otra cualquiera, ni más ni menos silenciosa, ni muy fría, ni muy cálida. La luna brilla encantando todo lo que duerme, y a pesar de que lo intenta nuestro amigo espantapájaros, que no duerme, no puede escapar de su influjo. Y es que a los niños que lo crearon se les olvidó ponerle unos párpados con los que poder cerrar sus ojos.  ¡Si alguna vez hacéis un espantapájaros será mejor que no os olvidéis de este detalle tan importante¡. Y así, sin saber ni por qué sí, ni por qué no, le dio por pensar ¿a qué sabría la luna?. Si lo pensamos bien, no es raro que un espantapájaros piense en comida, al fin y al cabo se pasa todo el día rodeado de ella y su misión es protegerla de aquellos que quieren devorarla. Pero lo que sí resulta más raro, o al menos esto pensó el espantapájaros, es que de repente una idea, una pregunta surja dentro de tu cabeza y clame, como las olas braman contra las rocas de los acantilados, inundándolo todo. Sobre todo, si eres un experimentado vigía acostumbrado a acechar a enemigos que se acercan, a la vez, por diferentes frentes. Fuese por h o por b, el caso es que nuestro espantapájaros no pudo pensar en otra cosa durante toda la noche: ¿a qué sabrá la luna?

Aliviado vio dibujarse en el horizonte la luz del alba, y pensó que el rosa desvaído le traería otros pensamientos menos esforzados, pero se equivocó. Durante toda la mañana no pudo pensar en otra cosa, tampoco por la tarde dejó de oír la pregunta en su cabeza: ¿a qué sabrá la luna? Y llegó la temida noche, y por mucho que intentó esquivarla, no pudo evitar cruzar su mirada con ella: con una enorme, intensa y lechosa luna blanca. En vano, intentó llenar su mente de otros pensamientos. Al día siguiente todo siguió igual y casi no vio a una avanzadilla de gorriones que se precipitaron sobre las rojas cerezas. Gracias a este pequeño incidente, se iluminó, al fin, su cabeza y sin saber muy bien, por qué sí o por qué no, trazó el siguiente razonamiento:


Quiero saber a qué sabe la luna. Para llegar a la luna tendré que volar. Los pájaros que se intentan comer las frutas, hortalizas y verduras de mi huerto vuelan. Si vuelan seguro que es porque alguno de estos frutos les da el poder mágico que les permite volar, por lo que si yo me lo como, también podré volar y entonces podré llegar a la luna y probar su sabor.

Ansioso, esperó de nuevo a la noche, aunque esta vez lo que buscaba era la soledad y la oscuridad que lo amparasen, para poder poner en marcha su plan.

Cierto es que, durante toda la tarde sufrió serios ataques de conciencia: su labor en la granja, para la que fue diseñado y creado, era la de mantener alejados de dientes no deseados los manjares del huerto. El sabía que su boca, no estaba entre los paladares que podían disfrutar de aquellas frutas rojas y atrayentes, de aquellas verduras verdes y refrescantes. Hasta ahora no había comido otra cosa que paja dura y amarilla. Pero estaba decidido: Las probaría todas hasta encontrar la que le diera alas.

Noche tras noche, fue saboreando los diferentes frutos, en total comió: cinco zanahorias, dos patatas, dos manzanas, tres peras, tres naranjas, diez nueces…                

Puso mucho cuidado en tapar los huecos, para que, por la mañana, nadie notase que faltaban verduras. Se convirtió también en un hortelano experto: adivinaba el punto exacto de maduración, aprendió la mejor manera de recolectarlas. Todo para lograr que se produjera la magia.

Pero por mucho que comió, y a pesar de que el huerto estaba mucho más limpio y mejor cuidado que antes, seguían sin nacerles las alas, lo único que crecía y crecía era su barriga.

Hasta que una noche el peso de su barriga fue tan grande, que el palo que lo sostenía no lo aguantó por más tiempo y se rompió, justo cuando sobre su cabeza pasaba una bandada de patos aprovechando una racha de viento. Fue así como impulsado por el mismo aire que ayudaba a los patos en su vuelo, nuestro espantapájaros echó a volar. En la granja se oyó un gran estruendo, todos los animales miraron sorprendidos. Subió y subió y subió hasta alcanzar la luna y darle un buen lametón y por fin pudo saber a que sabía.

Después se dejo caer, resbalando de estrella en estrella, navegando entre ellas gracias a que su gran chaqueta le sirvió de vela para dominar los vientos, hasta llegar de nuevo a la Granja.

Por más que le han preguntado, el espantapájaros nunca confesó el sabor de la luna, pero lo que sí descubrió es la riqueza y variedad de sabores de los frutos de nuestro huerto que desde entonces no ha podido dejar de saborear y devorar, sin poder a veces esperar a que caiga la noche. (S. Acedo)